Igallery | Palma de Mallorca | España
En la trayectoria de Lisardo Menéndez hay una constante que no es formal sino ética: la necesidad de volver sobre la pintura como si fuera un territorio aún no resuelto. La exposición actual no presenta simplemente nuevas obras, sino un gesto más complejo: la reactivación de un cuerpo de trabajo iniciado en 2008 y sometido ahora a un proceso de revisión radical. No es una mirada nostálgica hacia atrás; es una operación de riesgo.
Modificar obras ya existentes implica enfrentarse al propio pasado. En el caso de Lisardo, esa confrontación no busca corregir sino intensificar. Las pinturas reaparecen transformadas, más condensadas, más silenciosas, como si el tiempo hubiera destilado lo superfluo. La actualización no es un añadido; es una depuración.
Desde fuera podría hablarse de geometría. Pero en su pintura la geometría nunca ha sido programa ni afiliación histórica. No se trata de dialogar con el constructivismo o el minimalismo, aunque esas resonancias existan inevitablemente. Lo que interesa aquí es la forma como campo de tensión. Líneas que se cruzan, planos que se deslizan, módulos que se repiten con variaciones casi imperceptibles: todo parece sometido a una lógica estricta, pero el resultado no es frío. Hay una vibración contenida que desmiente cualquier lectura puramente sistemática.
El blanco domina gran parte del conjunto. No como vacío, sino como espacio activo, como una superficie que respira. Frente a él, el rojo aparece delimitado con precisión casi quirúrgica. Esa convivencia entre el silencio del blanco y la afirmación del rojo genera un equilibrio inestable: orden y energía, contención y latencia. El espectador no encuentra dramatismo explícito, sino una intensidad que se revela lentamente.
Lo más interesante quizá no sea la estructura visible, sino la manera en que estas obras gestionan el tiempo. Hay algo casi arqueológico en intervenir una pintura años después de haber sido concluida. Las capas acumuladas no sólo son materiales; son biográficas. Cada modificación introduce una distancia crítica respecto al momento original de creación. La pintura deja de pertenecer a un instante y se convierte en proceso extendido.
La retícula y la repetición, lejos de imponer clausura, funcionan aquí como marco de libertad. Dentro de un sistema preestablecido, la mínima variación adquiere un peso extraordinario. Un desplazamiento leve, una modulación casi imperceptible del blanco, alteran toda la respiración del cuadro. El rigor no anula la emoción; la concentra.
Hay en estas obras una voluntad de esencialidad que no debe confundirse con reducción formal. No se trata de decir menos, sino de decir con mayor precisión. La forma no representa nada externo, pero tampoco es autorreferencial. Actúa como condensación de pensamiento. La pintura se convierte en un dispositivo de atención.
Frente a la saturación visual contemporánea, la propuesta de Lisardo plantea una experiencia contraria: ralentización, silencio, concentración. El espectador es invitado a permanecer. A mirar sin expectativa narrativa. A aceptar que la intensidad puede residir en lo casi inmóvil.
Revisar el pasado para transformarlo, trabajar la geometría como si fuera materia viva, explorar el límite entre sistema y sensibilidad: en esa intersección se sitúa esta exposición. No propone una ruptura espectacular, sino algo más exigente: la continuidad crítica consigo mismo.
Y en ese gesto —discreto, reflexivo, radical en su coherencia— reside su verdadera fuerza.
