formal / menos formal | Dennis Leder

23/1 29/2 2020

Sol Del Río | Ciudad de Guatemala | Guatemala

La exposición parte de una reflexión esencial sobre la comunicación y sus límites. Frente a la idea habitual de que solo la palabra articula el entendimiento, la propuesta subraya que todo intercambio humano está atravesado por matices culturales, tonos, gestos y percepciones que desbordan el lenguaje literal. En el ámbito de las artes plásticas, esta premisa se traduce en un cuestionamiento directo de uno de los malentendidos más persistentes: la exigencia de que la pintura y la escultura “comuniquen” algo reconocible o verificable como real.
Las obras reunidas rehúyen ese mandato. No transmiten un mensaje específico ni ilustran una narración concreta, pero tampoco son arbitrarias. Surgen de un contexto personal e histórico y se articulan a través de un vocabulario de formas geométricas que opera como sintaxis propia. Más que declarar, las piezas proponen. Funcionan como un autorretrato expandido que no se agota en la intención del artista, sino que se completa en la mirada del espectador. El sentido no está fijado de antemano: emerge del intercambio, de las asociaciones que armonizan o se distancian de las motivaciones originales.
La invitación es clara: antes de nombrar, mirar. Antes de interpretar, atender. La experiencia precede al concepto. Como en el dicho budista que afirma que “es mejor ver la cara que oír el nombre”, la exposición reivindica una percepción directa, anterior al juicio racional que tiende a descartar como ilógico aquello que no comprende. El arte se plantea así como un lenguaje fundamentado en la sensación, con reglas internas que no coinciden necesariamente con las del discurso verbal.
La preocupación central gira en torno al espacio y sus relaciones. El color, lejos de ser un fin en sí mismo, actúa como instrumento para crear contrastes y tensiones. Las estructuras presentadas revelan afinidades con la arquitectura y, al mismo tiempo, con la coreografía: configuraciones que organizan el vacío, que sugieren movimiento y equilibrio, que dialogan con la dimensión corporal del espectador. La obra puede entenderse como una arquitectura con insinuación de danza, donde cada plano y cada intersección activan una experiencia espacial dinámica.
Las construcciones “Formal” y “Menos Formal” condensan esta búsqueda. Ambas, concebidas a escala humana, establecen una confrontación directa con el cuerpo del visitante. La primera se presenta recta, mesurada, casi disciplinada; la segunda introduce una inestabilidad deliberada, semejante a una precaria casa de naipes. Este contraste entre sobriedad y tensión, entre orden y riesgo, atraviesa toda la trayectoria del artista y revela una preferencia por una belleza no convencional, cercana a aquella “perla irregular” que dio nombre al Barroco cuando rompió con las normas renacentistas.
En esta tensión histórica entre regla y ruptura se inscribe también la exploración moderna de la forma y el color como entidades autónomas. Los avances científicos y tecnológicos ampliaron la comprensión del espacio y la percepción, alentando a numerosos creadores a abandonar la representación exacta en favor de una investigación estructural. La exposición se sitúa en esa herencia: un equilibrio entre razón y sentidos, entre cálculo y experiencia.
Si las obras logran suscitar emoción, provocar asociaciones o activar memorias en quienes las contemplan, entonces la comunicación se produce, no como transmisión unívoca de significado, sino como diálogo abierto. La pintura y la escultura dejan de ser objetos que “dicen” algo concreto para convertirse en espacios de encuentro, donde la realidad no se explica, sino que se interroga y se experimenta.